El bailarín en escena puede ser el mejor del mundo en estilo y postura, con los más increíbles pasos y movimientos, la apariencia más llamativa y espectacular, flexibilidad y rapidez envidiable, pero si no lleva el tiempo con la música todo lo anterior se evapora rápidamente y sin perdón.

Lo mismo ocurre con el tiempo y ritmo entre los músicos, si no están enfilados llevando el tiempo musical no serían capaces de conformar una canción.

La musicalidad y el ritmo son tan importantes en el bailarín, que se podría decir que si quien baila no lo hace al mismo ritmo de la música realmente no está bailando.

El baile para muchos no es simplemente mover los pies y el resto del cuerpo como se pueda, el acto social de bailar implica conexión entre los bailarines y luego de eso la relajación por la satisfacción y el disfrute, por lo que no llevar el rimo de la música quebranta todo lo sublime que implica el baile. Puede convertirse en una experiencia poco agradable si en una pareja de bailarines uno de ellos lleva el ritmo y el otro no.

¿Pudiese imaginar una orquesta en donde cada músico toca como mejor le parece su instrumento? ¿En donde no haya secuencia lógica? ¿Sería agradable para usted presenciar una trompeta, un tambor y una guitarra emitiendo sonidos al azar al mismo tiempo? De seguro la respuesta será negativa, eso es lógico porque estas actividades (la música y el baile) fueron concebidas para el disfrute, por lo tanto deben desarrollarse de manera armoniosa y agradable.

Cuando el bailarín srhythme conecta con la música y el ritmo en realidad su baile se convierte en música también, él hace música con su cuerpo. En principio esta conexión para quien baila es gratificante ya que se disfruta la experiencia al máximo cuando se logra, se proyecta seguridad y promueve que muchas personas quieran bailar con él o como él, ya que demuestra que sabe lo que está haciendo, además de dejar claro que lo disfruta.